miércoles, 27 de julio de 2011

"De nadar en lagos y ríos", de Bertolt Brecht


En el verano pálido, cuando el viento arriba
solo silba en el follaje de los grandes árboles,
debe uno yacer en los ríos o estanques
como las algas, entre las que habitan los lucios.
El cuerpo se aliviana en el agua. Cuando el brazo
ligero cae del agua al cielo
la brisa lo olvida meciéndolo
porque lo cree rama.

El cielo ofrece al mediodía una gran quietud.
Uno cierra los ojos cuando llegan las golondrinas.
El fango es cálido. Cuando surgen las burbujas frescas
se sabe: un pez acaba de nadar a través nuestro.
Mi cuerpo, el muslo y el brazo inerte
yacemos quietos en el agua, muy unidos
solo cuando los peces fríos nos atraviesan nadando
siento que el sol brilla sobre el estanque.

Cuando al atardecer uno se vuelve indolente
por tanta quietud, tal que todos los miembros hormiguean
se debe, sin consideración, lanzar todo aquello
a la correntada azul que viene en crecida.
Y se permanece en lo mejor hasta la tarde.
Porque luego el pálido cielo de tiburón
se vuelve malo y voraz sobre el río y los matorrales
y todas las cosas son como les place.

Por supuesto debe uno yacer de espaldas,
como se acostumbra. Y dejarse flotar.
Se pertenece sencillamente a la grava.
Uno debe observar el firmamento y hacer como
si se tuviera en brazos a una mujer, y es cierto.
Cuando al atardecer el cielo todavía nada en sus ríos.


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